Recorro fotos de los últimos meses

Recorro fotos de los últimos meses en la pantalla de la computadora y encuentro esta, tomada en Mar del Plata a fines de julio pasado, desde el noveno piso de un edificio, con el simple método de sacar la cámara para afuera hasta donde llegaba el brazo y disparar:

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Como de costumbre, la amplío hasta ver punto por punto. Me parece interesante este auto:

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Pero más que el auto, el parabrisas. ¿Qué es eso que se refleja en el parabrisas? Nueva ampliación:

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Una cara. Hay una cara reflejada en el parabrisas. Seguramente viene de un afiche, un gran cartel en alguna parte. ¿Pero dónde?

Por el ángulo del parabrisas, la cara debe de estar a mi derecha (o lo que era mi derecha al momento de sacar la foto). Y da la casualidad que unos segundos antes de esta foto saqué otra, apuntando justamente a la derecha:

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Pero ahí no hay nada que se parezca a esa cara. Amplío la imagen, la estudio bien. Ningún resultado.

¿Entonces?

Vuelvo a la imagen inicial, la amplío más todavía:

Foto por Eduardo Abel Gimenez

Sigo creyendo que la cara está ahí. Un poco deforme, pero está. Hasta podría haber otra cara a la izquierda, más deforme todavía.

¿Qué pasa? Entonces se me ocurre que bajo el parabrisas hay una revista. En la tapa de la revista, una foto. Y la revista se mezcla con el reflejo, para hacerme las cosas complicadas.

Me quedo con esa explicación, un poco frustrado, sin convencerme del todo. Allá en el fondo, en ese lugar con poca luz donde se apilan los restos más inclasificables de una vida, empieza a juntar polvo otro misterio absurdo.

Venimos por la vereda

Venimos por la vereda, en la cuadra de casa. Gabriel señala hacia arriba, entre los edificios, y dice, surrealista:

—Mirá, hay una bolsa volando que parece un diente.

*

Que aproveche ahora, a los siete años. En el cuaderno de alemán Gabriel tiene que describirse a sí mismo. Pone:

“Ich bin dünn, jung und schön.” (“Soy delgado, joven y hermoso.”)

Google News España

El martes pasado inauguraron Google News España. Hasta ahí bien. Pero yo tenía el Google News original como pagina de inicio, y ahora cada vez que entro me redirecciona automáticamente a la versión española. No me preguntaron. No me dieron la opción de volver atrás. Ni siquiera cambia la URL que aparece ahí arriba.

Esto ocurre con el Internet Explorer, no con Opera ni Mozilla. Me pregunto qué información diferente (o adicional) dará el IE.

El sitio ha sido diseñado sin imágenes

“[E]l sitio ha sido diseñado sin imágenes, animaciones, ni ventanas secundarias; con textos que guían al lector en las diferentes secciones y una diagramación de navegadores y enlaces para que puedan recorrer el sitio de una forma mucho más amigable.”

“[E]l sitio presenta tipografías un 40% más grande [sic] que el sitio tradicional, con la posibilidad de aumentar aún más este tamaño. Además, los colores fueron llevados al máximo contraste, de forma tal que pueda ser leído de manera más cómoda.”

Así presenta el diario La Nación su nueva variante online, La Nacion Line Sin Barreras, orientado en principio a “personas con dificultades visuales”.

Lo maravilloso de la situación es que el nuevo sitio es mejor para todos los usuarios. Baja mucho más rápido (y es más rápida la navegación entre artículos), no tiene cosas que molestan, no tiene publicidad, se lee con menos cansancio para los ojos.

Si alguna vez ponen publicidad, supongo que será sólo texto, como el excelente ejemplo que viene dando Google en sus resultados de búsquedas.

Y también podrían poner alguna foto, grande y atractiva, con un adecuado texto alternativo para quienes no la puedan ver. (Ya hay una imagen, innecesaria: el logo del sitio y su slogan. Tiene un texto alternativo bien pensado.)

La noticia llegó ayer. Hoy ya cambié la dirección que visito cada día.

Ahora falta que hagan lo mismo todos los demás sitios de noticias. Y que en vez de decir que es para “personas con dificultades visuales” digan que es, simplemente, para personas.

Paredes

Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez
Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez
Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez
Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez
Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez
Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez
Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez
Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez
Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez
Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez
Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez
Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez
Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez
Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez
Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez

Pienso en los ruidos que me llegan en este momento

Pienso en los ruidos que me llegan en este momento como si fueran música experimental.

Para empezar hay percusión. Viene de la ventana, que consiste en dos hojas corredizas de muy mala calidad. Las hojas tienen juego, no están bien ajustadas en su sitio, de manera que cada ráfaga de viento las mueve. Hay, con toda claridad, dos sonidos diferentes: uno más grave, toc, y uno más agudo, tac. Típicamente se repiten: toc toc, y unos momentos después tac tac, o al revés. Pero no siempre. Tampoco llevan ningún ritmo. Hay largos silencios entre una ocurrencia de cualquiera de esos dos ruidos y la siguiente. Sería fácil hacer samples de ambos y reproducir el efecto. Eso sí, el volumen varía: a veces son suaves, a veces más fuertes. Cada cinco o diez minutos puede llegar a haber un golpe que me sorprenda.

Más lejos, en este mismo instante, se oye un avión. Cuando me di cuenta el ruido ya estaba desde hacía un rato. La memoria auditiva tiene esas cosas: así como uno puede entender retrospectivamente lo que otro dijo, aún sin haber prestado atención, analizando lo que quedó almacenado en el “buffer de los oídos”, del mismo modo se da cuenta de que cierto ruido, como el del avión ahora, estaba presente desde antes, aunque uno no fuera consciente. Es un efecto difícil de lograr en una grabación, hay que introducir el sonido con suavidad, tal vez enmascararlo en otro. Se puede, sin embargo. Mucho trabajo para una sola aparición, pero enriquece el conjunto.

El ruido más constante es el de los niños de la escuela que queda a unos cincuenta metros. Seguramente están en un recreo. Algo difícil de describir. La capacidad de identificar ese ruido como proveniente de un grupo de humanos es algo adquirido: no se distingue ninguna voz en particular, menos aún palabras, y sin embargo no hay dudas de su procedencia. Me pregunto cuánto tiempo de sampling sería necesario para dar la ilusión de continuidad sin repetición. ¿Tanto como la duración de la pieza musical? ¿O se puede repetir? Tal vez fuera posible usar una muestra relativamente breve, siempre que se la pueda separar en partes de longitud arbitraria y luego combinar esas partes en una secuencia, disfrazando con cuidado las junturas.

También hay perros que ladran. No siempre. Y cuando aparecen, aparecen en racimos. Hay que samplear cada ladrido, una variedad de ladridos, y luego meterlos en la pieza musical usando algún algoritmo aleatorio que tienda a reunirlos en paquetes. Y no exagerar: son pocos los ladridos, bastante espaciados. Si hubiera más, se llevarían la experiencia sonora a su propio territorio.

Está el tránsito, que es bastante complicado. Para empezar, porque desde aquí se oye poco. A veces no se distingue nada en absoluto. Por lo general, hay algún zumbido de motor, normalmente de colectivo o motocicleta. Dos motocicletas y dos colectivos deberían ser suficientes, siempre que se varíe el volumen y la duración. Uno con aceleración intensa, el otro a un número constante de RPM pero con cierto efecto Doppler. Además, un zumbido más bien genérico, poco identificable, de bajo volumen, para usar el cincuenta o el sesenta por ciento del tiempo.

Casi olvido el otro zumbido, el de la computadora. Es porque lo oigo todo el día, y con frecuencia me olvido de que existe. La parte que corresponde al ventilador es lo más fácil de todo: una muestra muy breve, repetida indefinidamente, bastaría. Pero también habría que tomar en cuenta los chasquidos del disco rígido, la eventual búsqueda en el lector de CDs. Más samplings breves.

Y, por supuesto, el teclado. Pero pienso que habría que ignorarlo. El ruido del teclado es producto de estar escribiendo esto. Y más en general, aparece porque estoy aquí para percibir los otros ruidos. Junto al resto del ruido que yo mismo origino, lo mejor sería que quedara fuera de la experiencia sonora. El oyente debe convertirse en el nuevo sujeto de la experiencia, sin sentir que es testigo de una experiencia mía, ni (lo que sería aún peor) que está acompañado.

Ejercicio de escritura

Hace unos días leí sobre un ejercicio de escritura del que ya no recuerdo el nombre, que consiste en escribir a la mayor velocidad posible, a mano o con ayuda de un teclado, durante un tiempo predeterminado, que puede ser de un minuto, cinco minutos o diez minutos. El objetivo principal es no detenerse por nada del mundo, avanzar, siempre avanzar, algo así como la vida. Es que se vive en tiempo real, aunque suene a perogrullada, y no veo por qué no experimentar también la escritura en tiempo real, aunque probablemente la escritura tenga su propio tiempo, diferente del einsteniano y de todo lo demás, como es diferente nuestra consciencia, tanto que no podemos explicarla de ninguna manera.

Lo único que hay que tener antes de empezar el ejercicio es un tema. Se debe arrancar con ese tema (por ejemplo, la existencia de cierto ejercicio de escritura, aunque uno no recuerde el nombre). Nada impide que luego el practicante se vaya por las ramas. Mejor dicho, todo alienta que el practicante luego se vaya por las ramas, porque la simple velocidad y el no mirar atrás hacen que rápidamente esa corriente incontrolable (que la física de fluidos no podría explicar jamás), esa corriente incontrolable de la consciencia, decía, tome las riendas y uno ya no sepa a dónde va y mucho menos de dónde viene.

Claro, ocurre que el tema se agota. O uno cree que el tema se agota. Pero lo que se agota es la capacidad de pensar en tiempo real (otra vez esa categoría tonta) en una sola cosa. La cabeza se va, por ejemplo yo ahora estoy pensando en algo que se me ocurrió escribir esta tarde y no escribí, algo relacionado con el montón de pequeñas fotos que estuve poniendo en el weblog durante los últimos días. Me acordé de lo que escribió no hace mucho mi amiga Silvia, cuando tras una serie enorme de fotos empecé a escribir otra vez. Me dijo (me escribió) que había recuperado el habla. Y la sensación es esa: a veces pierdo el habla, figuradamente claro, y me convierto en un par de ojos. La vista sustituye el discurso, se transforma en una mirada activa, una mirada que dice (juro que hoy tenía un modo de explicar esto que no parecía idiota). Hasta que más tarde, días después, semanas después, me falta algo, y esa falta se convierte en tan intensa que acabo escribiendo de nuevo como quien acaba resolviendo por simple presión mecánica sus problemas para ir al baño.

Lo del ejercicio, claro. Lo del ejercicio. Una vez que termina el tiempo estipulado hay que parar de golpe, sin pensarlo, donde uno esté. Bueno, digamos que se puede terminar una frase, aunque no estoy del todo seguro. Después está permitido volver atrás para una revisión, pero no más de dos o tres minutos. Una revisión sencilla, no a fondo, para arreglar pequeños errores de tipeo o redondear una oración que no se entiende, o eliminar algo particularmente vergonzante.

Esto es mi primer intento con el ejercicio, cuyo nombre, como dije, no recuerdo. Podría haberme puesto a buscar antes de empezar, pero no tenía ganas. Ni siquiera sé si lo leí en inglés o en castellano. Eso sí, fue en un weblog, en alguna parte. Si alguien lo sabe, ¿sería tan amable de decírmelo?

Parece que hay gente que se toma esto en serio. Muy en serio. Probablemente los que ganan plata con el recurso, poniendo a sus alumnos de taller literario a garabatear pavadas durante un precioso tiempo que para el profesor se convierte en descanso.

Pero también parece que hay gente que saca provecho de esto. Gente con dificultades de expresión, oral o escrita. Gente con dificultades, a secas. Y quién no tiene dificultades. A quién no le vendría bien una vez en la vida algún ejercicio milagroso que le resuelva los problemas y sanseacabó.

No, sanseacabó nada. Van nueve minutos y prometí diez. Me duele la muñeca izquierda. Es una mala señal. Por dónde seguirá el dolor más tarde. Y ni siquiera pienso empezar a pensar en otros dolores, los que no se van a curar cuando deje de escribir y me masajee un poco los músculos que más han trabajado durante estos últimos diez minutos.

Más ventanas

Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez
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Autos

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