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La Guerra de los Robots

7 La guerra de los robotsLos libros de historia afirman que la Guerra de los Robots empezó el 29 de abril de 1718, con la invasión de París. Es un error. Pocos días antes del gran despliegue en la capital de Francia, las fuerzas enemigas se enfrentaron por primera vez en un sitio menos visible, y sobre todo menos atractivo para la posteridad: un pequeño buque a la deriva, en medio del océano Índico, con solo dos tripulantes a bordo.

Uno de ellos era yo, Aenon Westveer, primer oficial de la Dulce Esmeralda. El otro, nuestro supuesto capitán, un impostor llamado Kelley Lapin que había traído la desgracia a bordo. Atado al palo mayor, Lapin se lamentaba de su suerte con gritos agudos y prolongados, propios de un animal. Más de una vez intenté callarlo con una bofetada bien provista; el único resultado era que redoblara esfuerzos para avergonzar a la especie humana.

El resto de la tripulación había muerto en circunstancias hasta ese momento inexplicables. Algunos se habían arrojado por la borda; otros se habían clavado su propio puñal. Con mayor o menor originalidad, salpicando más o menos sangre a su alrededor, cada uno había tomado su propia vida a lo largo de las últimas horas. Al caer la noche, solo el miserable de Lapin y yo quedábamos con vida.

Estos acontecimientos llegarían a ser una trágica rutina tras la declaración de la guerra, pero en ese momento ignorábamos la causa. Finalmente, tras la caída de la noche, se dejaron ver los responsables de tanta muerte. La nave invisible que nos venía acompañando, y que había experimentado en nosotros las ondas electromagnéticas que pronto enloquecerían a la humanidad, apareció sin previo aviso. Su aspecto pronto sería tristemente familiar en todo el mundo: una esfera plateada, luminosa, sin rasgos, alta como la Dulce Esmeralda, que flotaba en el aire a pocos metros de nosotros.

De su interior salieron los primeros robots extraterrestres que pisaron nuestro planeta.

Si estoy aquí para contar mi aventura es gracias a dos acontecimientos que ocurrieron en rápida sucesión. El primero fue que los extraterrestres eligieron a Lapin, y no a mí, como primer blanco. Los aullidos del impostor acabaron en un gorgoteo repugnante.

El segundo suceso fue la llegada inmediata de los otros robots, aquellos que aprenderíamos a amar y respetar, venidos de un futuro tan distante como inimaginable para nosotros. ¡Los Defensores de la Tierra!

(Así empieza La Guerra de los Robots, de Alistair Schutts. una novela que no existe. Para la tapa usé una imagen de George Hodan, que la puso en el dominio público.)

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La danza secreta de la Luna

6 La danza secreta de la LunaSe dice que en las estepas de la Luna no hay lugar para el ocio, la belleza o el amor. Quienes no han estado allí suponen que son territorio de dolor, sed y desconsuelo. Y es lógico que así sea, pues las estepas de la Luna saben ocultar sus tesoros a quienes las contemplan de lejos, ya sea a través de un telescopio o a bordo de los modernos cohetes que siguen viaje al oasis abundante de Venus.

Afortunados, entonces, los pocos hombres y mujeres admitidos en la selecta Cofradía de los Lunarios, los únicos con acceso a ese paraíso incomparable. Como las recién llegadas Mama-Runtu y Aliyana, que avanzan a paso lento, tomadas de la mano, por ese sendero largamente curvo que se adentra en un bosque donde canta la oropéndola selenita.

Las dos hermanas van conversando sobre lo que las espera en este día especial, durante el cual serán iniciadas en los secretos de la Luna. Mama-Runtu, que a pesar de verse tan joven es la mayor, narra conversaciones susurradas que ha escuchado durante la noche previa. Aliyana, ansiosa, no la deja terminar las frases, la interrumpe con preguntas, le aprieta la mano y trata de ir más rápido.

—Hermanita —dice Mama-Runtu, paciente—, debemos aprender a gozar de la calma, de la espera. Cada cosa tiene su momento perfecto, y no somos quiénes para adelantarlo.

—Es cierto —reconoce Aliyana—. ¡Pero cómo me gustaría que el momento perfecto fuera ahora mismo!

Sobre ellas, el Sol y la Tierra se miran mutuamente en un firmamento en el que también las estrellas caben. Son astros que lo han visto todo, y sin embargo iluminan el camino de las hermanas como si fuera la primera vez que alguien lo recorre.

Dentro del bosque, el Coreógrafo Lunar hace sus últimas anotaciones.

(Así empieza La danza secreta de la Luna, de Katiuska Langley, una novela que no existe. Para la tapa usé dos imágenes: una de Pixabay y una de Internet Archive en Flickr, ambas en el dominio público.)

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Despegue mortal

5 Despegue mortalErwin Rhodes se calzó el casco, acomodó el arnés que lo retenía en el asiento y esperó. La ansiedad se vertía en gotas de sudor que le enmarcaban el rostro. Los otros tripulantes también se agitaron en sus sitios. Solo se oía la voz monótona de la radio, con su rítmico recitado de números. Los últimos segundos de cuenta regresiva eran los peores.

En la ventanilla redonda, los prados verdes de la Tierra se extendían hasta el horizonte. “No nos dejes”, parecían decir. Rhodes apartó la mirada. Era tarde para cambiar la decisión de volar a las estrellas. Para bien o para mal, se había entregado a un sueño y no había modo de echarse atrás, ni siquiera si se convertía en pesadilla.

¿Por qué se le ocurría esto ahora? ¿Por qué la idea de una pesadilla? Desde niño había soñado con este momento. Había dedicado su vida al objetivo de ocupar este asiento, aquí y ahora, en este lugar.

—Seis, cinco, cuatro… —dijo la voz de la radio.

En la cabina del cohete hubo carraspeos, últimos ajustes, algún suspiro.

—Tres, dos uno…

En el último segundo, Rhodes alzó la vista hacia lo alto, donde una maraña de cables e instrumentos oscurecía el techo. Y en ese último segundo, sin tiempo siquiera para pensar, lo vio.

Un destello luminoso. Un movimiento furtivo. Y lo que le quedó grabado en la retina: inhumano, bestial, grande como un puño, rojo como la sangre, un ojo.

(Así empieza Despegue mortal, de Dionysus Vaughan, una novela que no existe. La imagen que usé para la tapa es de dominio público, tomada de Max Pixel.)

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Ellos

EllosEl ambiente clásico, un poco solemne, del gran salón contrastaba con las risotadas de un grupo de hombres que ocupaba el rincón más alejado de la entrada. El doctor Washbourne Savitz, secretario de la Sociedad Física Imperial, los miró con desaprobación. Era su responsabilidad que el pequeño grupo de científicos que había convocado pudiera intercambiar opiniones sin que nada los molestar. Por suerte, parecían incapaces de percibir lo que ocurría a su alrededor. Sentados en torno a la pequeña mesa redonda, con las cabezas inclinadas hacia el centro —tan próximas que cada uno podía contar los pelos de la nariz de sus interlocutores—, seguían conversando en voz baja.

Savitz volvió la atención a lo que decían.

—Insisto con que es una actitud irresponsable —planteaba sir Warnold Thornwest. La cara roja, el gesto de enojo y el puño que subía y bajaba sobre la mesa parecían indicar que Thornwest era aún más ruidoso que los hombres del rincón. Sin embargo, todo lo hacía casi en silencio: la voz era un susurro, la mano no llegaba a tocar la madera.

—Nos ofende, caballero —dijo el doctor Armest Prink—. Nuestro equipo del Acelerador de Partículas sabe perfectamente lo que hace. Los experimentos son más seguros que… que…

Thornwest aprovechó la duda de Prink para continuar:

—Están a punto de quebrar la unidad espaciotemporal. El choque de partículas de altísima energía hará que el escudo del universo…

—¿Qué escudo? —terció el doctor Quinn Marshall, el último integrante de la mesa. Fue doblemente grosero: por interrumpir a Thornwest, y por hacerlo con un tono de voz más alto que el que venían empleando.

Del rincón respondieron con más risotadas.

—El escudo que nos protege de fuerzas que desconocemos —respondió Thornwest, en un susurro todavía más bajo y más amenazador que el que venía empleando.

—Si las desconocemos… —empezó Prink.

—No quiere decir que no existan —dijo Thornwest—. Caballeros, tienen la obligación de recapacitar. El tejido del espaciotiempo es frágil. Una ruptura mínima, y me refiero a una ruptura a nivel cuántico, bastaría para resquebrajarlo. Si eso sucede, nada que podamos hacer será suficiente para salvarnos.

—¿Salvarnos de qué? —preguntó Savitz, que no quería involucrarse en la discusión pero era extremadamente curioso.

—De… de…

Thornwest se veía extrañamente dubitativo. Raro en un hombre de su carácter y con sus conocimientos. Bajó la mirada, como buscando inspiración en un lugar al que los demás no tenían acceso. Cuando volvió a subirla, algo nuevo refulgía dentro de sus ojos.

—¡De Ellos!

(Así empieza Ellos, de Acacia Wolffs, una novela que no existe. Usé dos imágenes para la tapa: una de pxhere.com, de dominio público, y otra de Wikimedia, por Didier Descouens, bajo licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International.)

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¡Adiós, cyborg!

3 Adiós, cyborgMagnolia avanzó decidida hacia las máquinas voladoras. La perspectiva de surcar los cielos la llenaba de una felicidad que por momentos lograba superar sus preocupaciones. El viento le envolvía el vestido en torno a las piernas. Sobre puntos casi opuestos del horizonte, los soles de Alcumbria se movían con sapiencia de estrellas.

A su lado, Ferdinand levantó la mano para sostenerse la gorra antes de que el viento la hiciera volar. Magnolia se dio cuenta de que debía hacer lo mismo con su sombrero, aunque ningún viento pudiera arrancárselo. Simuló retenerlo, entonces, y apuró la marcha.

Ferdinand redobló esfuerzos para mantenerse medio paso por delante: no sabía hacia cuál de los ingenios del aire se dirigía ella, pero necesitaba aparentar que era él quien marcaba el rumbo. “Tonterías de la masculinidad”, pensó Magnolia.

Se habían conocido esa misma mañana, en el Club de Aeronavegantes. El sorteo los había emparejado para esta etapa de la carrera. La expresión de Ferdinand mostraba incredulidad: ¿cómo podía Magnolia pilotear una máquina voladora? Magnolia supuso que, de haber tenido chances de ser escuchado, habría ido a protestar. No lo hizo, pero se quedó mirándola con fijeza, al borde mismo de la grosería.

Sombrero y masculinidad no eran, por cierto los únicos juegos de apariencias que los involucraban. La mirada de Ferdinand preocupaba a Magnolia por una razón más profunda. Se había posado en las ropas de ella: el cuello alto e incómodo, las mangas largas y de puños apretados. Y sobre todo, con insistencia, en los guantes.

La amenaza, más que el viento o las nubes oscuras que se formaban a la distancia, era que Ferdinand descubriese el terrible secreto de Magnolia.

(Así empieza ¡Adiós, cyborg!, de Sylvania Dilke, una novela que no existe. Fuente de la imagen: Wikimedia.)

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Luchadores del espacio

Luchadores del espacio, de Laetitia Hungtingsworth, una novela que no existeJones enfundó la pistola láser y miró a su alrededor. Los alienígenas, esta vez, no pudieron devolverle la mirada. Yacían revueltos entre las piedras de la costa, vencidos por la puntería de Jones y la miopía que les generaba la atmósfera terrestre.

El triunfo tenía un sabor amargo. Jones volvió la vista a sus pies, donde estaba el cuerpo del piloto Cooper.

—Adiós, amigo —dijo con voz quebrada.

Del equipo de Jones solo quedaba Yip, el perro. Los navegantes, los científicos, los otros soldados, todos habían muerto durante las sucesivas incursiones de los alienígenas. Jones era el último sobreviviente de la expedición a la isla.

El descubrimiento de la miopía alienígena era un gran avance, el punto débil del enemigo que podía salvar a la humanidad. Pero había llegado tarde. Con el navío destruido y la radio rota, Jones no tenía manera de hacer saber la noticia al resto del mundo.

Debía encontrar el modo de salir de este sitio.

A sus espaldas, Yip empezó a ladrar. Jones llevó la mano a la pistola láser y dio media vuelta. Lo que vio lo llenó de terror, y a la vez le dio la esperanza que hasta ese momento no tenía.

(Así empieza Luchadores del espacio, de Laetitia Hungtingsworth, una novela que no existe. Fuente de la imagen: Wikimedia.)

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Mundo de robots

Mundo de robots, de Delwin Mongelluzzo, una novela que no existeShepard alzó la maleta y empezó a andar hacia la nave espacial que lo esperaba. A un lado, dos robots guardianes lo observaban impasibles. Al otro, la pared de vidrio se interponía entre él y una ciudad en la que solo quedaban seres de metal.

Los robots habían tomado el gobierno de Wallis End, el planeta de Shepard, y habían ido deportando a los humanos. Shepard y unos pocos más, distribuidos en distintos puntos del planeta, eran los últimos. Y debían irse de inmediato.

Mientras avanzaba hacia la nave espacial, Shepard repasó sus opciones. Podía acatar la orden sin resistencia, como había hecho la mayoría. Podía negarse y pretender volver a su casa, para que los robots lo mataran a sangre fría. Podía atacar a los robots guardianes, con la esperanza de al menos dañarlos antes de caer vencido ante su fuerza superior.
Nada le pareció satisfactorio.

De pronto hubo una explosión al otro lado de la pared de vidrio, que saltó hecha pedazos. Shepard trató de protegerse la cara, mientras sentía los fragmentos que le atravesaban la piel. Los robots guardianes, indemnes, atravesaron lo que quedaba de la pared para investigar qué ocurría.

Shepard no perdió un segundo. Abandonó la maleta y salió corriendo en busca de un escondite.

(Así empieza Mundo de robots, de Delwin Mongelluzzo, una novela que no existe. Fuente de la imagen: Wikimedia.)