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Los personajes de Alejandra Zina

13 Hay gente que no sabe lo que hace

“El alcohol le entró de lleno, primero en estado gaseoso, después como una lámina acaramelada y ardiente. El pecho le quemaba, pero en vez de retorcerse y doblarse hacia adentro, se le abría. Abierto al medio como el pecho de un pollo recién trozado. Sentía que podía verse las costillas flotantes, el corazón como una frutilla del tamaño de un puño, los pulmones, el estómago, todo vivo y trabajando. Haber atravesado esa raya le hizo pensar que no le gustaban muchas cosas que no había probado: los calamares, ir al psicólogo, tirarse de cabeza a la pileta, dormir desnuda, viajar en barco, salir de campamento, las botas de caña alta y, hasta hace tres minutos, el whisky”.

“Estaba sentada en la mesa del living (la misma de mi sueño). Sola. Durante la comida se servía un montoncito de ensalada o una presa de pollo, así no la molestaban, pero no comía, esperaba a que levantaran los platos para volver a meter sus dedos flacos adentro de la cigarrera. Se pasaba el rato así, con el pucho prendido y la radio cerca, una portátil con estuche de cuero, grande como su mano. Le gustaba pegársela a la oreja. Todos los domingos escuchaba los partidos, especialmente si jugaba River. Decía que Francescoli era su novio. A veces lo llamaba mi amor y largaba una carcajada escandalosa, como si acabara de contar detalles de una noche de sexo y disfrutara con nuestra incomodidad. La abuela para no ser menos decía que el suyo era Julio Iglesias”.

“El que hablaba tenía los mofletes como si hubiera tomado unos cuantos vasos de vino, pero debía ser rosácea o alguna alergia, y la ceja izquierda se le veía cortada por una cicatriz, lo que le dejaba dos cejas cortitas de un lado y una larga del otro”.

“Raquel tenía un hijo que vivía algunas temporadas con ella, un tipo grandote que debía rondar los cincuenta aunque no los parecía, cabellera hasta los hombros, bigote rojizo con forma de herradura y un triángulo de la camisa siempre afuera del pantalón. Le decían el Inglés. No sé a qué se dedicaba pero en distintas horas del día se lo podía ver merodeando el barrio con una bolsita blanca en la mano, dándoles charla a los encargados de los edificios y a los comerciantes.
“No molestaba a nadie, salvo a Raquel. Ella salía a buscarlo y cuando lo encontraba se quedaba a unos metros de donde estaba él, con los brazos rectos contra el cuerpo y la mirada dura. Al Inglés no parecía asustarlo demasiado, ante su aparición hacía la venia:
“—¡Sargento Duggan!
“O se doblaba en una carcajada como si su madre fuera una nena haciendo monerías. Enseguida retomaba la charla que había dejado en suspenso, hamacando en la mano esa bolsa blanca donde sonaban llaves, monedas o semillas”.

(Fragmentos de Hay gente que no sabe lo que hace, de Alejandra Zina. Paisanita Editora, Buenos Aires, 2016).

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Breve atlas anecdótico de la ciencia, de Juan Manuel Carballeda

12 Breve atlas anecdótico de la ciencia“Nosotros no percibimos temperaturas, sino diferencias de temperaturas. Si uno pone una mano en agua tibia y otra en agua con hielo y, al cabo de un rato, las dos manos en un recipiente con agua a temperatura ambiente, va a ser raro porque la mano que venía del frío va a sentir el agua tibia y la que venía del calor, fría. Algo parecido ocurre cuando una persona está muy cerca de morir congelada: los vasos sanguíneos de las extremidades se dilatan y accede repentinamente más sangre (a 37°C) a una zona del cuerpo que está casi congelada, lo que genera una diferencia de temperatura tremenda que hace sentir un calor extremo. En algunos casos, la persona puede llegar a desvestirse antes de morir congelada”.

(Juan Manuel Carballeda, Breve atlas anecdótico de la ciencia. El Gato y la Caja, Buenos Aires, 2019).

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La voz extraña, de Fabián Casas

11 La voz extraña“‘Llegó entonces la estación capital, el verano’, escribió Juan José Saer en un poema que le dedica a una amiga. Siempre recuerdo este verso cuando la canícula empieza a encender la calefacción a full y los aires acondicionados boquean agua hacia las veredas. El verano es la famosa tapa de la revista Gente diciendo, tautológicamente, “Estalló el verano”, con modelos y actores del momento; es el olor del bronceador en la playa y es el mes de enero con Buenos Aires calcinada y semivacía por el éxodo de la gente hacia los destinos turísticos”.

(Fabián Casas, La voz extraña. Edición de Leila Guerriero. Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2014).

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Caminan entre nosotros

10 Caminan entre nosotros“Los niños, para ver, se escondían detrás de los sillones, donde padres y madres —a veces tomados de la mano, a veces almohadón mediante— estaban durante una hora firmes frente a la TV. Los hombres enloquecían de deseo cuando aparecía Ámbar en la pantalla; casi siempre cuando terminaba el programa tomaban a sus esposas y les hacían el amor recreando en sus mentes las escenas que había protagonizado la diosa. En un castillo abandonado, una laguna pútrida, un cuarto fantasmal, una catacumba, las esposas llegaban al éxtasis cerrando los ojos, pensando que sus maridos eran en realidad Osvaldo Villazán. La gente mayor miraba sola el programa, tapándose los ojos en los momentos de máximo horror, aplaudiendo infantilmente cuando Villazán lograba expulsar al demonio o conjurar al fantasma. Los abuelos y abuelas después representaban para sus nietos al monstruo de turno, arrancando risas y grititos agudos de las gargantas exaltadas de los niños. Los adolescentes, a escondidas o autorizados por sus padres, miraban las historias fingiendo desinterés, y al día siguiente durante las clases de matemática o francés dibujaban en los márgenes de las hojas de sus cuadernos los escenarios y monstruos que habían excitado su imaginación. A veces creaban nuevos”.

(Caminan entre nosotros. Textos: María Eugenia Alcatena, Florencia Miranda, Lucía Vázquez. Dibujos: Carlos Aon, Joaquín Bourdeu Barassi. Estrella Negra, Buenos Aires, 2019).

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Okāsan, de Mori Ponsowy

8 Okasan“Doblamos a la derecha en una esquina y, de pronto, la gran ciudad ha quedado atrás. Estamos en un callejón peatonal angosto que me hace pensar en el medioevo oriental. Me acuerdo de otra novela de Murakami: el momento en que, en medio de una autopista, Aomame sale del taxi, baja unas escaleras de auxilio e inesperadamente se encuentra en lo que más tarde descubrirá que es un mundo paralelo. Eso es Tokio: una conjugación de pasado, presente y futuro que se parece más al estado onírico que a la vigilia”.

(Mori Ponsowy, Okāsan. Diario de viaje de una madre. Reservoir Books, Buenos Aires, 2019).

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Making Comics, de Lynda Barry

7 Making Comics 2“En una época, para vos, dibujar y escribir no estaban separados. De hecho, nuestra habilidad de escribir solo pudo salir de nuestro deseo e inclinación por el dibujo. En el comienzo de nuestra vida de escribir y leer, dibujábamos las letras de nuestro nombre. Los movimientos que cada una requiere no se habían automatizado aún. Había mucha variación de forma, orden y orientación. Las letras eran caracteres [en inglés, también personajes], y cuando ciertos caracteres se juntaban en cierto orden, deletreaban tu nombre”.

(Lynda Barry, Making Comics. Drawn & Quarterly, Montreal, 2019).

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8,8: el miedo en el espejo, de Juan Villoro

6 Juan Villoro, 8,8 el miedo en el espejo“El domingo amaneció con cara limpia. Un cielo azul lapislázuli se alzaba sobre el centro de la ciudad, despejado de tráfico. Había algo de espejismo en el paisaje, como si las calles se fingieran transitables.

“Escuché a los compañeros de mesa mientras el reloj guillotinaba los minutos. Recordé que en Alicia en el país de las maravillas el tiempo se detiene porque está ofendido. Ese domingo los minutos se sentían cómodos y no se detenían”.

(Juan Villoro, 8,8: el miedo en el espejo. Una crónica del terremoto en Chile. Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2010).