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Las señoras de la calle Brenner, de Angélica Gorodischer

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La mujer estaba sentada sobre un trozo de mampostería y ladrillos que había caído de una casa a sus espaldas. Probablemente su casa. Tenía una falda desgarrada y algo como un sweater de hilo que le colgaba de los hombros. Y zapatillas de lona. Estaba sentada. No hacía nada, las manos cruzadas como animales de otra especie que no tuvieran nada que ver con ella, acuáticos, lejanos, incoloros, puestos ahí por el viento, cerca de las rodillas.

(…)

La luna, vaya con la luna: blanca sombra de lo invisible, voz perpetua sibilante del cielo, todas atribuciones que ni Alaíde ni Zelma podrían haber nombrado, la luna las dejaba un  poco menos solas, no más abrigadas ni amparadas, pero sí más unidas al paisaje, más de acuerdo con todo lo que es básico y necesario para seguir viviendo, agua, aire, el verde olvidado que podría haber sido el de las plantas, ¿una enredadera? La luna frágil y perecedera les daba ánimo, les permitía respirar mejor.

(…)

El oeste es misterioso: llega la noche, crece el sueño acá, detrás del biombo de la frente y una no sabe qué personajes, qué acontecimientos esperan silenciosos para invadir la deriva engañosa de la pesadilla.

(…)

Resolvió que ni siquiera pensaría; que se dejaría llevar por lo que iba a ir sucediendo. Que cada acontecimiento, pequeño o grande, doloroso o no, tendría su lugar en el camino. Y que así, allá en la llegada, sentiría realmente los pasos que da la vida para lograr que el mundo ruede: chispa, sombra, gesto, y que cada uno de esos pasos tendría su carga y su color que ellas verían y de los que podrían destilar las gotas del placer, de la paciencia, del asombro.

(Fragmentos de Las señoras de la calle Brenner, de Angélica Gorodischer; Emecé, Buenos Aires, 2012).

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Conferencia de Fabián Casas

26 El pequeño mecanismo de los acontecimientosFragmentos de la conferencia con que Fabián Casas inauguró el Filba de este año, ayer miércoles a la noche, en el auditorio del Malba. Está completa en Infobae. A la derecha, parte de la tapa de El pequeño mecanismo de los acontecimientos, de Fabián Casas (Almadía, México, 2012), diseñada por Alejandro Magallanes

No se puede enseñar a escribir, lo que se puede lograr es establecer ciertas condiciones para que las personas se emancipen, escriban o no.

Un pueblo con esperanza es un pueblo pasivo; un pueblo sin esperanza, es un pueblo en estado de presente, un pueblo peligroso.

La literatura, por suerte, es un terreno inestable y que cualquier cosa que se afirme sobre ella puede ser puesta en duda enseguida.

La idea de originalidad es malísima y está encarnada en muchas sentencias y se vuelve muy notable en las frases publicitarias: imposible es nada; rompé tus límites; no saben lo que es enojar a alguien como vos; etc. La originalidad termina siendo una mochila muy pesada.

La idea de la originalidad es un cheque que te da el capitalismo para que después vos quedes endeudado tratando de pagarlo. Todos sabemos que cuando pagás la deuda, el Capital se pone mal. Lo que quiere es que no pagues, no que pagues.

Hay ciertas personas que nos parecen muy dominantes, de gran personalidad, pero si las tocamos suenan como un caño de metal.

Sabemos que la literatura, como las grandes partidas de ajedrez, es una serie combinatoria de movimientos estudiados. Uno leyó millones de poemas de amor y sobre estos hace sus jugadas hasta que encuentra una pequeña variación. Una vez Juan José Saer me dijo: ¿Para que robar un quiosco si podés robar un banco? Así que aconsejo robar todo lo que se pueda hasta encontrar no la voz personal, sino la voz extraña en nuestros textos.

Repetir la palabra menor como un mantra —menor menor menor— hace surgir la palabra enorme.

En un escritorio de escritor, con una lapicera de escritor, sólo se pueden hacer frases de escritor. Entonces el lenguaje se convierte en un animal embalsamado.

¿Qué es la experiencia? Saber que lo que vivimos va a morir con nosotros. Al sacarnos una selfie, las personas decidimos dejar de tener experiencia.

Queridos adolescentes, no se preocupen por la angustia de las influencias; preocupensé por la angustia, esa reina oscura que camina en puntas de pie sobre nuestro pecho.

[Cita de Jeanette Winterson:] “Una vida dura necesita un lenguaje duro, y eso es la poesía. Eso es lo que nos ofrece la literatura: un idioma suficientemente poderoso para contar cómo son las cosas. No es un lugar donde esconderse, es un lugar donde encontrar”.

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Santiago Craig, Las tormentas

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“Desde la lámpara que colgaba encima de los platos y los vasos cayó lánguida, como una hoja, una brisa de pena que los alcanzó a los dos cuando se dieron cuenta de que hasta ahí habían llegado las cosas”.

“Decían casa, ruta, pueblo, agua y todo sonaba a un idioma inventándose. Esa agua que nombraban era otra cosa: blanda y sin color, sin gusto a nada, pero escapada de la palabra y escurrida entre los ruidos”.

“A mamá la recuerdo como se recuerda un paseo o un libro que se leyó hace ya mucho tiempo. Para describirla tendría que ser menos preciso. Como si le contara el mar a alguien que no lo conoce. Divagaría sobre eso que es el mar a veces: las olas que se arman a contrapelo y de la nada suben para precipitarse y explotar, la espuma que chisporrotea reflejando el sol en la costa, el desgano con el que el agua vuelve otra vez de la arena quieta al alboroto”.

“Lo que yo no decía era que, mientras me movía, en la casa, en la oficina, en el banco, en las boletas y los arreglos y las cuentas, sentía que empujaba una piedra cuadrada. Uno de esos mastodontes con los que los esclavos de otros tiempos construían templos y pirámides. Como los esclavos, yo sabía la piedra, pero no la pirámide”.

“Lucas hace las cosas como si fuera a tacharlas después en una lista”.

Fragmentos de Las tormentas, de Santiago Craig, Entropía, Buenos Aires, 2017.

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Fabio Morábito: El idioma materno

18 Morábito - El idioma materno

(No subrayo libros. Pero Morábito habla tanto del subrayado en este libro que me convenció. A su manera; es decir, me convenció de que hay que hacerlo y de que hacerlo es una enfermedad.)

Fragmentos (no solo sobre el subrayado) de El idioma materno, de Fabio Morábito. Gog & Magog, Buenos Aires, 2014.

“Subrayaba de manera compulsiva como un sustituto de la escritura misma. Al subrayar tanto se defendía de los libros, que mantenía a raya con sus rayas”.

“El subrayado desmiente el edificio y realza el ladrillo, el humilde tabique comprimido entre mil tabiques idénticos; es una suerte de operación de rescate, como si cada subrayado dijera: salven esta frase de las garras del libro, liberen esta joya del pantano que la rodea”.

“Cada vez más a menudo, en lugar de leer un libro, lee los subrayados que ha hecho en tantos años de lectura”.

“La mayor diferencia entre la prosa y la poesía no radica en una cuestión de ritmo, de música o de mayor o menor presencia del elemento racional. En estos rubros, en contra de la opinión corriente, prosa y poesía son iguales. La verdadera diferencia, diría la única, es que sólo hay una forma de escribir un poema, y es verso a verso, mientras no se escriben un cuento o una novela línea por línea”.

“[H]abía escrito mis poemas del mismo modo como varios años atrás había dibujado el interior de centenares de casas rodantes: haciendo caber la mayor cantidad de materia en el menor espacio”.

“[L]a poesía tiene que ver menos con la escritura que con el aliento, con la voz y el sonido. Puede decirse incluso que se escribe poesía a pesar de la escritura, a contrapelo de la sordera de la escritura, en contra de la arritmia y de la techumbre de la escritura”.

“A los 55 años publiqué mi primera novela y cuando le regalé un ejemplar a mi madre, exclamó: ‘¡Un libro, al fin!'”.

“[A]hora sabemos que el lector no necesita ponerles cara a los personajes. Se relaciona con ellos a través de ondas de baja frecuencia, como las que usan los elefantes para comunicarse a gran distancia”.

“Todo malentendido es el germen de otro idioma”.