Qué difícil es lograr un buen chasquido cuando más lo necesitamos. A todos nos pasa: movemos la cabeza de acá para allá, pero el cuello actúa como un viejo trozo de goma endurecido por el tiempo y no suelta prenda. Los hombros avanzan y retroceden, y nada. La espalda se arquea, se dobla, se tuerce, y ni un solo clic.
Para remediar tanta frustración, la empresa Bear Bones Ltd. ha lanzado su Body Noise Enhancer (BoNE). Literalmente, un mejorador de ruido corporal.
El BoNE consiste en una pieza única de tela especial que recubre el cuerpo desde la punta de los pies hasta la coronilla, dejando solo una abertura para la cara. No prestemos atención a quienes sugieren que el color negro, el brillo y cierta rigidez del producto convierten al usuario en algo parecido a un insecto y su exoesqueleto. La superficie interna de BoNE está cubierta por multitud de sensores y pequeños dispositivos que emiten un ligero clic ante la presencia de un estímulo eléctrico. Esas minúsculas maravillas de la tecnología apenas sobresalen cuando se los ve desde el exterior, no más que la roncha de una picadura de mosquito.
Para evitar mayores tecnicismos, digamos simplemente que BoNE registra todo movimiento corporal y lo convierte en satisfactorios crujidos y chasquidos. Así, basta por ejemplo con flexionar los dedos de los pies para obtener una batería de pops (palabra tomada de la descripción original, en inglés, del producto) que nadie habría soñado. Y ni hablar de lo que puede salir de una espalda dolorida o un cuello estresado. El impacto psicológico de tales resultados, como se ha podido comprobar en diversos tests, provoca una instantánea mejoría en toda clase de dolores de origen articular. (Desde ya, se sugiere la utilización de BoNE en ámbitos estrictamente privados, para evitarles sobresaltos a los paseantes.)
Así, amigos, la técnica viene una vez más a mejorar nuestras vidas de maneras impensadas, a elevar la condición humana otro escalón por encima de las miserias cotidianas. Demos las gracias a quienes con tanta pasión y entrega dedican lo mejor de su creatividad al bienestar del prójimo. ¡Adelante, Bear Bones Ltd., y que sigan los (crac) éxitos!





Los libros de historia afirman que la Guerra de los Robots empezó el 29 de abril de 1718, con la invasión de París. Es un error. Pocos días antes del gran despliegue en la capital de Francia, las fuerzas enemigas se enfrentaron por primera vez en un sitio menos visible, y sobre todo menos atractivo para la posteridad: un pequeño buque a la deriva, en medio del océano Índico, con solo dos tripulantes a bordo.
Se dice que en las estepas de la Luna no hay lugar para el ocio, la belleza o el amor. Quienes no han estado allí suponen que son territorio de dolor, sed y desconsuelo. Y es lógico que así sea, pues las estepas de la Luna saben ocultar sus tesoros a quienes las contemplan de lejos, ya sea a través de un telescopio o a bordo de los modernos cohetes que siguen viaje al oasis abundante de Venus.
Erwin Rhodes se calzó el casco, acomodó el arnés que lo retenía en el asiento y esperó. La ansiedad se vertía en gotas de sudor que le enmarcaban el rostro. Los otros tripulantes también se agitaron en sus sitios. Solo se oía la voz monótona de la radio, con su rítmico recitado de números. Los últimos segundos de cuenta regresiva eran los peores.
El ambiente clásico, un poco solemne, del gran salón contrastaba con las risotadas de un grupo de hombres que ocupaba el rincón más alejado de la entrada. El doctor Washbourne Savitz, secretario de la Sociedad Física Imperial, los miró con desaprobación. Era su responsabilidad que el pequeño grupo de científicos que había convocado pudiera intercambiar opiniones sin que nada los molestar. Por suerte, parecían incapaces de percibir lo que ocurría a su alrededor. Sentados en torno a la pequeña mesa redonda, con las cabezas inclinadas hacia el centro —tan próximas que cada uno podía contar los pelos de la nariz de sus interlocutores—, seguían conversando en voz baja.
Magnolia avanzó decidida hacia las máquinas voladoras. La perspectiva de surcar los cielos la llenaba de una felicidad que por momentos lograba superar sus preocupaciones. El viento le envolvía el vestido en torno a las piernas. Sobre puntos casi opuestos del horizonte, los soles de Alcumbria se movían con sapiencia de estrellas.
Jones enfundó la pistola láser y miró a su alrededor. Los alienígenas, esta vez, no pudieron devolverle la mirada. Yacían revueltos entre las piedras de la costa, vencidos por la puntería de Jones y la miopía que les generaba la atmósfera terrestre.