Vecinos del barrio de Belgrano se manifestaron ayer contra la inauguración de un monumento, en memoria de Bernardino Bartolomé Alvear Quintana, en la esquina de Sucre y Vidal. La foto superior muestra la esquina antes de la erección del monumento. La inferior, después. (Ambas, cortesía de Google Street View.)
“Parece que el gobierno de la ciudad no sabía dónde ponerlo y aterrizó acá”, señaló a este medio un vecino indignado. “Para eso que le encarguen la decoración al CEAMSE”, agregó.
“Comprendemos que los vecinos sientan alguna molestia”, dijo por su parte el Dr. Bartolomé Bernardino Quintana Alvear, director de la flamante repartición Monumentos Cool de la Ciudad, “pero se irán acostumbrando. Con el tiempo, las propiedades se valorizarán”.
La idea de una valorización pareció prender entre los vecinos, que al cierre de esta edición se hallaban divididos en dos posturas. Por un lado, los opositores cerriles que insistían en traer piquetas para demoler el monumento. Por el otro, los que con ánimo negociador solicitaban al Dr. Quintana Alvear documentos fehacientes sobre el futuro valor de sus propiedades.
Las estimaciones sobre el volumen de la manifestación variaron considerablemente. Según los organizadores, se reunieron tres millones y medio de vecinos. La policía, en cambio, calculó doscientos cincuenta. Para el Gobierno de la Ciudad, se trató de “cuatro gatos locos”.






Los libros de historia afirman que la Guerra de los Robots empezó el 29 de abril de 1718, con la invasión de París. Es un error. Pocos días antes del gran despliegue en la capital de Francia, las fuerzas enemigas se enfrentaron por primera vez en un sitio menos visible, y sobre todo menos atractivo para la posteridad: un pequeño buque a la deriva, en medio del océano Índico, con solo dos tripulantes a bordo.
Se dice que en las estepas de la Luna no hay lugar para el ocio, la belleza o el amor. Quienes no han estado allí suponen que son territorio de dolor, sed y desconsuelo. Y es lógico que así sea, pues las estepas de la Luna saben ocultar sus tesoros a quienes las contemplan de lejos, ya sea a través de un telescopio o a bordo de los modernos cohetes que siguen viaje al oasis abundante de Venus.
Erwin Rhodes se calzó el casco, acomodó el arnés que lo retenía en el asiento y esperó. La ansiedad se vertía en gotas de sudor que le enmarcaban el rostro. Los otros tripulantes también se agitaron en sus sitios. Solo se oía la voz monótona de la radio, con su rítmico recitado de números. Los últimos segundos de cuenta regresiva eran los peores.
El ambiente clásico, un poco solemne, del gran salón contrastaba con las risotadas de un grupo de hombres que ocupaba el rincón más alejado de la entrada. El doctor Washbourne Savitz, secretario de la Sociedad Física Imperial, los miró con desaprobación. Era su responsabilidad que el pequeño grupo de científicos que había convocado pudiera intercambiar opiniones sin que nada los molestar. Por suerte, parecían incapaces de percibir lo que ocurría a su alrededor. Sentados en torno a la pequeña mesa redonda, con las cabezas inclinadas hacia el centro —tan próximas que cada uno podía contar los pelos de la nariz de sus interlocutores—, seguían conversando en voz baja.
Magnolia avanzó decidida hacia las máquinas voladoras. La perspectiva de surcar los cielos la llenaba de una felicidad que por momentos lograba superar sus preocupaciones. El viento le envolvía el vestido en torno a las piernas. Sobre puntos casi opuestos del horizonte, los soles de Alcumbria se movían con sapiencia de estrellas.